Un viaje imaginario a las Islas Cíes en época romana

por | 9 abril, 2026

Siempre me ha fascinado imaginar cómo serían las Islas Cíes en la época romana. Cada vez que las visito, no puedo evitar mirar el paisaje e intentar reconstruir mentalmente aquel pasado lejano, cuando el Imperio romano extendía su influencia hasta los confines del noroeste de la península ibérica.

Me gusta pensar que, hace siglos, estas islas no eran un destino turístico, sino un lugar estratégico y misterioso. Los romanos las conocían como Siccae o incluso como las “Islas de los Dioses”, un nombre que siempre me ha parecido tan evocador como acertado. Al caminar por sus senderos, siento que no ha cambiado tanto como podría parecer: el viento sigue soplando con fuerza, el mar continúa marcando el ritmo, y la naturaleza permanece indómita.

En mi imaginación, veo pequeñas embarcaciones romanas acercándose a la costa, cargadas de mercancías o exploradores curiosos. Quizás buscaban refugio, o tal vez utilizaban las islas como punto de control en las rutas marítimas. No me cuesta creer que también pudieran tener algún tipo de asentamiento temporal, aunque fuera sencillo, aprovechando los recursos naturales del entorno.

Mientras recorro la playa o subo hacia los miradores, intento ponerme en la piel de aquellos navegantes. Sin mapas detallados ni tecnología moderna, enfrentarse al Atlántico debía de ser una experiencia tan peligrosa como emocionante. Las Islas Cíes, con su silueta visible desde lejos, seguramente representaban una mezcla de alivio y respeto.

También imagino cómo percibirían este lugar desde una perspectiva más espiritual. En una época en la que los dioses estaban presentes en cada aspecto de la vida, un entorno tan salvaje y hermoso debía de inspirar todo tipo de creencias. Tal vez consideraban estas islas un lugar sagrado, apartado del mundo cotidiano.

Lo que más me impresiona es pensar que, a pesar del paso del tiempo, la esencia del lugar sigue intacta. Aunque hoy lleguemos en barcos turísticos y llevemos cámaras en lugar de ánforas, la sensación de aislamiento y belleza sigue siendo la misma.

Cada vez que abandono las Islas Cíes, me llevo conmigo esa conexión entre pasado y presente. Es como si, por un momento, hubiera conseguido asomarme a la historia y compartir un mismo paisaje con quienes vivieron hace más de dos mil años.