Casi todo el mundo asocia las islas Cíes a sus arenales de postal caribeña, al agua transparente o a las colonias de gaviotas sobrevolando los acantilados de la cara oeste. Sin embargo, para mí el verdadero pulso del archipiélago nunca estuvo en la orilla de la playa de Rodas, sino unos metros más arriba, cuando el camino de tierra comienza a empinarse hacia las laderas de la isla de O Faro. Allí, apartado del trasiego de toallas y sombrillas, reposa el castro de As Hortas, el testimonio silencioso de que mucho antes de los barcos de línea y las reservas por internet, este pedazo de granito en medio del Atlántico ya era un hogar fortificado.
La primera vez que me detuve frente a los restos del poblado castreño sentí una mezcla de asombro y respeto reverencial. Subir hasta esa cornisa natural en una tarde en la que el nordés sopla con fuerza te cambia la perspectiva por completo. No estamos ante un simple conjunto de piedras circulares desparramadas entre los helechos; estamos ante el confín atlántico de la cultura castreña del noroeste peninsular. Ver los muros curvados de mampostería en seco, construidos con el mismo granito grisáceo que sostiene la isla, te hace comprender la íntima comunión que aquellos antiguos pobladores mantenían con un entorno tan hermoso como implacable.
Siempre me ha fascinado imaginar la vida cotidiana en aquellas cabañas durante la Edad del Hierro. Aquellos clanes vinculados a la influencia celta de las Islas Cíes no llegaron por azar o por un capricho estético. Las Cíes, que más tarde los romanos bautizaron como las Insulae Deorum o islas de los dioses, eran un enclave defensivo inexpugnable, un atalaya estratégico desde el que vigilar la entrada de la ría de Vigo y acceder a una despensa marina inagotable: marisqueo en las rompientes, pesca de bajura y pequeñas terrazas de cultivo abrigadas de los temporales más crudos.
Sentarse sobre una de aquellas losas milenarias con la vista fija en el horizonte marino tiene un magnetismo hipnótico. En este rincón no hay paneles ruidosos ni recreaciones artificiales; solo el rumor sordo de las olas rompiendo contra los acantilados inferiores y el viento batiendo los tojos y los carrascos. En la memoria de la piedra se percibe ese respeto ancestral por los elementos: el mar como frontera sagrada, la roca como refugio y los ciclos de la luna dictando las mareas y las faenas diarias. Las piezas cerámicas y concheros hallados en las excavaciones del castro confirman que no eran náufragos aislados, sino marineros hábiles plenamente conectados con los castros de tierra firme en la ría.
Cuando el sol empieza a declinar y tiñe el granito con tonos dorados, bajar de regreso hacia el muelle tiene algo de regreso en el tiempo. Disfrutar de las Cíes conociendo su pasado celta transforma la visita. Ya no caminas por un simple parque nacional protegido; caminas sobre la memoria viva de nuestros primeros antepasados, quienes supieron convertir un peñasco bravío en un santuario habitable frente al infinito.