La masificación de calles y parkings en Braga, Dubrovnik, Florencia o Barcelona ha disminuido drásticamente en la última década. Para superar este desafío urbano, sus respectivas autoridades y organismos competentes han implementado cámaras y sensores inteligentes, sistemas de reserva online, peajes de acceso y otras medidas eficaces.
Para ciudades tan turísticas como Braga, desaturar el centro urbano es un objetivo ambicioso que, hasta la fecha, están logrando cumplir con éxito. A través de su Plano de Mobilidade Urbana Sustentável (PMUS), el municipio luso ha impulsado la creación de aparcamientos disuasorios, infraestructuras intermodales o una red de ciclovías.
Poner fin al tráfico de agitación ha sido uno de los objetivos de Copenhague. Para ello, la urbe danesa puso en marcha un sistema digital de guiado inteligente de parking (ANPR) que permite conocer en tiempo real las plazas disponibles.
Otras metrópolis turísticas de Europa, como Roma y Barcelona, han regulado el acceso a sus principales monumentos. La exigencia de pago o la limitación del aforo contribuyen a combatir el temido overtourism. Otra estrategia para descongestionar las arterias urbanas es establecer zonas de fotografía con restricciones.
Por su parte, la ciudad croata de Dubrovnik se ha convertido en un paradigma en cuanto a la gestión de flujos inteligentes. Sus famosas murallas, de dos kilómetros de extensión, deben lidiar con una afluencia masiva de turistas. Su ‘secreto’ para reducir la densidad en momentos puntuales reside en la instalación de cámaras y de algoritmos de inteligencia artificial que detienen o desvían el flujo de visitantes dependiendo de su número.
Más radical ha sido la decisión de Florencia para restringir el sobre-turismo: prohibir el registro de nuevos alquileres turísticos de corta duración en su centro histórico. Esta medida parece seguir el ejemplo de Ámsterdam, cuyas autoridades han vetado la apertura de hoteles en su zona centro.