La Conquista del QR: Pasaporte a la Isla de Ons

por | 27 enero, 2026

Son las diez de la noche y la única luz en la habitación es el brillo azul de la pantalla de mi portátil. Frente a mí, la página web de la Xunta de Galicia carga con una lentitud que pone a prueba mis nervios. No estoy comprando entradas para un concierto de rock ni buscando ofertas de última hora para un vuelo transoceánico. Estoy intentando algo que, hace años, era tan sencillo como llegar al puerto y subir a un barco: conseguir isla de ons autorizacion.

Desde que las Islas Atlánticas se volvieron el destino soñado —y protegido—, la espontaneidad ha muerto. Ahora, el viaje empieza aquí, en el calendario virtual de la central de reservas. Veo los días pasar de verde (disponible) a rojo (agotado) con una velocidad pasmosa. Es pleno verano y parece que media Galicia y todo el turismo nacional tienen el mismo plan que yo: huir del asfalto y refugiarse en la Ría de Pontevedra.

Mi cursor tiembla sobre el sábado. Quedan pocas plazas. Siento una presión absurda, una carrera contra desconocidos invisibles que también están tecleando sus datos en este mismo instante. Ons es diferente a las Cíes. Cíes es la postal perfecta, la playa de Rodas, el Caribe gallego. Pero Ons… Ons tiene alma. Tiene un pueblo, tiene gente que resiste allí, tiene leyendas y tiene el Burato do Inferno. Por eso quiero ir. Necesito ese equilibrio entre la naturaleza salvaje y el plato de polbo (pulpo) en Casa Acuña.

Relleno los campos del formulario con precisión quirúrgica. Nombre, apellidos, DNI, fecha de nacimiento. Un error en un número y podría perder el turno. Es el nuevo ritual del viajero moderno: la burocracia digital como peaje para acceder al paraíso.

Le doy a «Finalizar» y la rueda de carga gira. Uno, dos, tres segundos eternos. Y entonces, aparece: «Autorización provisional reservada». Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Pero el trabajo no ha terminado. Sé que tengo un margen de dos horas para comprar el billete de barco en la naviera, o este permiso se evaporará como la niebla de la mañana.

Copio el código alfanumérico —mi pre-reserva— y abro la pestaña de la compañía de barcos. Introduzco el código como si fuera la combinación de una caja fuerte. Cuando por fin proceso el pago y recibo el correo de confirmación final con el código QR, siento una satisfacción desproporcionada.

Miro el archivo adjunto en mi móvil. Ese cuadrado de píxeles negros y blancos no es solo un documento administrativo. Es la promesa de aire salado, de caminar hasta el faro, de sentir el aislamiento del continente. Es mi salvoconducto para cruzar la ría.

Apago el ordenador. El estrés de la gestión se disipa y deja paso a la ilusión. Mañana no seré un usuario frente a una pantalla; seré un visitante en un ecosistema único. El QR está en mi bolsillo, y con él, la certeza de que el paraíso, aunque ahora requiera cita previa, sigue mereciendo la pena.