En pleno apogeo de finales de agosto, el puerto de Sanxenxo bulle con una energía particular, la de la anticipación de una escapada inminente. Entre el ir y venir de barcos de recreo y el sonido de las gaviotas, grupos de familias y amigos se congregan en el muelle, con sus mochilas cargadas de toallas, agua y crema solar. El destino de todos ellos es el mismo: salir de Sanxenxo isla de ons, un paraíso agreste que forma parte del Parque Nacional das Illas Atlánticas y que ofrece un contrapunto perfecto a la vibrante aglomeración de la costa.
El embarque en el catamarán es el primer paso de este codiciado ritual estival. Una vez que el barco suelta amarras y se aleja del espigón, el paisaje se transforma. La silueta de los edificios de Sanxenxo y Portonovo se va haciendo más pequeña, dando paso a una panorámica de la costa gallega en todo su esplendor. La travesía por la ría de Pontevedra, que dura algo más de media hora, es una experiencia en sí misma. El viento marino refresca el calor del sol, la estela blanca del barco corta el azul intenso del Atlántico y la conversación de los pasajeros se mezcla con el sonido del motor.
A medida que el barco avanza, la isla emerge en el horizonte, rocosa y verde, una promesa de naturaleza en estado puro. La llegada al pequeño muelle de O Curro, el núcleo principal de Ons, marca un cambio de ritmo instantáneo. Al desembarcar, los viajeros son recibidos por una atmósfera de calma que contrasta radicalmente con el bullicio del punto de partida. No hay coches, solo el rumor de las olas, el olor a salitre y el sendero de tierra que invita a explorar.
Desde el muelle, la jornada acaba de comenzar. Para los recién llegados, la isla se abre como un mapa de posibilidades: pueden emprender una de las rutas de senderismo que llevan hasta el faro o al misterioso «Buraco do Inferno», o bien dirigirse directamente a alguna de sus playas paradisíacas, como la famosa playa de Melide. El viaje en barco no es solo un medio de transporte; es el portal que conecta el ajetreo del verano turístico con la paz de un refugio atlántico, una breve pero intensa travesía hacia uno de los tesoros mejor guardados de las Rías Baixas.